sábado, enero 05, 2013

Espacio Tracer presenta:


LAS CANGREJERAS DE MILLANCITO
Millancito era pequeño como el rastro que deja la maldad ajena en las  personas buenas. Tan pequeño tan pequeño que se bañaba en un dedal y dormía en una cajita de cerillas. A los pocos años, a Millancito le crecieron los pies y empezó a ir descalzo por la vida. Y, claro, como nunca compró el abono transporte, se le clavaban en sus grandes pies las cosas que la gente dejaba por ahí. Y lo que la gente no dejaba, se le clavaba también. Sus pies eran color tierra y sus ojos azules, vidriosos y generalmente borrosos a punto de soltar alguna lágrima. Eran unos ojos japoneses. 

Millancito, que fumaba Chesterfield, jugaba al milloncete y tenía un millón  de amigos (como Roberto Carlos) de los que más de un 80% se empeñaban en que comprase unos zapatos. Y se empeñaban más y más, pero él se resistía porque era feliz con su cuerpo pequeño y los pies tan grandes que no podía bucear ni siquiera en un plato de sopa. Si de mayor hubiera seguido descalzo habría podrido decir: “entonces me sentía vivo”. Tuvo otro problema: su corazón creció tanto que, durante la pubertad, le sobresalía entre las costillas, así que cuando un día se tiró de cabeza a la bañera sus pies no pudieron entrar y el corazón no le dejó sumergirse de manera que quedó es una especie de postura ridícula, flotando de cintura para abajo y con la cabeza hundida. Casi se ahoga. Su madre, que era francamente pesada, le dijo un día de verano: “a partir de mañana andarás con cangrejeras; así podrás ir por la vida sin hacerte daño, sin que los pies se te llenen de rasguños y pinchazos y dejes de caminar con ese rictus tan dolorido”. Millancito no supo decir que no. Así que se puso las sandalias y dejó de (y abro comillas) "sufrir". Las noticias a partir de entonces se desencadenaron: le dio por ver la televisión todo el día, se casó con la primera chica que vio, una chica sin sentimientos y mechas californianas; consiguió un trabajo de guarda jurado tan mal pagado que ya no pudo pensar en  divorciarse, bautizó a sus hijos, y dejó de fumar en los espacios públicos. Los domingos hacía barbacoas con la familia de ella y, cuando tenía los pies ya insensibles, se hizo socio de un equipo de fútbol y se compró un disco de El canto del loco.
Así pasaron los años para mí, para Millancito y para los demás. Se sabe que aunque el tiempo está medido para todos igual, no pasa a la misma velocidad.
Ya nunca más hablé con Millancito así que no sé muy bien cómo hizo el trayecto que une la juventud con la madurez. Sé que siguió calzado. Alguien me dijo que murióse sin pensar, sin vivir y convirtió en ordinarias todas sus experiencias, que los días fueron para Millancito planos como Castilla.  Que ya nunca se sorprendió por nada, ni tuvo un susto ni un contratiempo.
Por protegerse los pies, enjaulados en una cangrejera.

1 Comments:

Blogger ESPACIO TRACER said...

Ahhhh, me encanta que hayas publicado a Millancito en tu blog, me gusta mucho tu cuentito y pienso tan a menudo en él...Gracias!!
Lu

8:00 p. m.  

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